Un grupo de niños y niñas de Madagascar recorre España con su música
Caminan de la mano. De dos en dos en una fila de faldas de vivos colores que al llegar al escenario se rompe. Sus ojos se posan en todos lados y en ninguna parte mientras se despliegan sobre el parqué. Los brazos extendidos a lado y lado del cuerpo y la sonrisa asustada de quien pisa territorio desconocido. Más aún. De quién espera sorprender y agradar en territorio desconocido. Trece pares de ojos ven por veintiocho voces roncas y silvestres que han venido a cantar a España desde la lejana isla de Madagascar. Angeline tiene 16 años, aunque aparenta 12. De pie delante del grupo de niños y jóvenes que la acompañan parece perdida con sus ojitos en blanco apuntando al cielo. Espera el silencio de los espectadores con el rostro distendido y, sin tomar impulso, lo rompe de tajo con una voz potente y frágil a la vez. Canta en malgachy y agita su mano derecha como si, a falta de bastón, encontrara puntos de apoyo en el aire. Da un paso adelante y atrás. Baila. Y la sonrisa asustada se torna plácida.
La escena que tiene lugar en Madrid. Es la misma que José Luis Guirao y sus compañeros de
Angeline ha empezado la canción que entre inglés y malgachy pregona “Jesus is my lord” (Jesús es mi amo) y el grupo ha hecho una especie de responso a su gutural arranque. Ahora bailan, cantan y hacen palmas. En primera línea el grupo de niños y niñas invidentes corean en malgachy canciones que hablan de la suerte de tener una escuela y de la emoción que les produce cantar. La puesta en escena requiere de cambios de posición. A veces hay un cuarteto con una guitarrita de madera, que llaman Kabosy, de sonido chillón, que toca Mamy, de la etnia merina, el único de cabellera lacia azabache. Es alto y usa lentes oscuros. Cuando no interpreta la guitarrita, canta o toca unas maracas que consisten en dos botellas de plástico rellenas de arroz, el principal producto de la dieta malgachy. Las golpea entre si, las zarandea y baila, mientras el pequeño Harris saca de adentro una canción nostálgica y festiva que celebra la música de los rastaman, a los que admira. En su canto se queja de los niños invidentes, como él, no lo puedan ver, que los sordos no la puedan escuchar y que los mudos no la puedan cantar, como lo hace él, que compuso la letra y la música.
Hay en el público un grupo de chiquillos de ojos brillantes, que escuchan con la luz apagada. Los niños y jóvenes de
Al día siguiente los 28 niños malgaches sentirán por primera vez el halo del frío en su rostro, mientras sienten la textura de la nieve en una especie de gran nevera, que recrea una pista de sky en el Madrid más exclusivo. En el Madrid más exclusivo, 28 niños del suroeste de una enorme isla que se asoma allí, junto al trópico de capricornio, recorrerán el Santiago Bernabeu y se sentarán en las graderías en las que cada domingo se vitorea al equipo del Madrid. En un mes este grupo de niños malgaches, que no saben siquiera que número de zapatillas calzan, descubrirán todo un país con cuatro sentidos y un corazón enorme, en una gira por Almería, Granada, Zaragoza –estarán en el pabellón de Aragón el 8 de julio a medio día- y Valencia.
